El toro se pasó dos pueblos

Esta historia transpira realidad. Como la transpiración del sobaco de Consuelo, que amenaza con dejar su marca en la camisa blanca de florecitas azules que lleva aquella mañana de Sábado de camino a la Iglesia, cuando el infierno decidió instalarse en el pueblo, y elevó el termómetro más allá del récord.

Sopla poniente, pensó, hoy más de un loco andará suelto. Rezaría por ellos también. Y por Josemi, que ya se está poniendo mayor y aún con eso de los toros y durmiendo en casa de la madre. Que vivir con él esta bien, pero llega una edad en que te planteas tener tu espacio. Cuando la muerte de Antonio igual necesité tenerlo a Josemi cerca, una casa tan grande para mi sola, y los recuerdos, que ocupan cada rincón, aunque no huelen. Que ahora todo huele a tabaco y sudor. Y los pelos por todo el baño, tan hermoso que era de niño el Josemi, el mejor de su clase. Ir a quedarse calvo tan joven. Alguna vez había rezado para que le vuelva a crecer la melena a su hijo, tan guapo el Josemi, tan inteligente. Perdió el pelo y el trabajo a la vez, y Marta se cansó, que es normal, siempre con eso de los toros y una cañita más.

Qué día de mierda para estrenar la blusa, que aunque usada, es nueva joder, pensó Consuelo. La eligió del mercadillo de los Jueves. No le gusta el mercadillo, pero con la pensión que apenas alcanza para hacer la compra, y lo caro que está todo, toca acostumbrarse. Trató de imaginar brevemente la vida anterior de la blusa, quién la habrá usado y para qué ¿La llevaron a misa, la usaron para las fiestas del pueblo, la vistieron en un funeral? Sólo Dios sabe, dijo Consuelo mirando al cielo, y guardó la blusa en el carrito con tres ruedas que le regaló Pilar, la sobrina de Merche, que vive dos calles más arriba y sabe lo que cuesta la cuesta. Escuchó el otro día mientras tomaba la fresca en el banco de la Plaza Mayor, que se postuló a inspectora de obra pública del Ayuntamiento, pero se lo otorgaron a un hombre con dudosa trayectoria y conocido de la Alcaldesa. Pilar, tan estudiosa ella, a lo mejor el hombre tiene más carácter, para labores de inspección, mejor imponerse. Como mi Josemi, que ha intentado todo y logrado poco, pero imponer, impone.

No le gusta que la llamen Concha ni que olviden alguno de sus apellidos. Consuelo Cañada Almiron por favor, si, de los Cañada de toda la vida, los Almiron llegaron después, pero con el tiempo que llevo yo aquí, ya compensa. El Josemi no la acompañará a misa hoy, estamos en fiestas e irá a los toros.

Consuelo Cañada Almiron dió una vuelta y media al cerrojo de la puerta de calle, no llegan a ser dos porque Josemi instaló la cerradura como pudo; y comenzó la caminata hacia la Iglesia. El aire quema los pulmones y relentiza el ritmo de aquella mañana de Julio.

Todo va lento, menos el toro que corre directo hacia ella.

Pero de dónde cojones ha salido este to. No llegó a terminar la frase, que el toro la tomó con sus cuernos y la mató en el acto.

Josemi, que estaba a dos pueblos viendo el espectáculo taurino, no dio crédito cuando el último de todos, el más corpulento y el más furioso de los morlacos, esquivó al matador de turno y rompió las maderas que debían cercar la plaza. Las maderas que él mismo colocó y nadie inspeccionó. Le cae bien el nuevo inspector que nombraron en lugar de la maruja de Pilar. Llegó a ver al toro doblar la esquina y tomar la carretera. Perseguirá su propia sombra hasta que se le acabe, pensó, no irá el toro a pasarse dos pueblos.

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