En el camino

Viajar sola y ser mujer

En los viajes me pasó de todo. Viajar sola atrae la aventura. Conocí gente maravillosa, flashé amor, me robaron una billetera, me escabié hasta perder vuelos, tuve sexo con gente sin saber el nombre, comí cosas sin saber qué eran. Recorrí Europa durante dos meses sola, luego me fui a Sudáfrica y más tarde conocí Asia. “Viajar sola” es sólo un título, una descripción breve e incompleta de un acto que se parece muy poco a recorrer lugares en soledad.


La primera vez que viajé sola, cayó 1 de Marzo. Compré el vuelo para un primero de mes porque sentía que empezar un viaje se parecía a un nuevo comienzo, y el número 1 suele estar al principio de las cosas. La valija pesaba 24 kilos. ¡VEINTICUATRO kilos! Todo un día de kilos que se suceden hasta completarlo.

Salí a las 20 horas de Argentina rumbo a España, me acompañó toda la familia, la vuelta estaba programada dos meses después.

Mi tía es muy dramática y me hizo una carta que terminaba con una frase corta y contundente: Volvé“. Como si se pudiera volver, después de irte sola a otro país. 

Un vuelo de Iberia después, aterricé en Madrid y me encontré con una prima que se llama igual que yo pero con O, y a la que no veía hacía diez años. Junto con el abrazo que nos dimos, llegó la primera enseñanza: el tiempo no existe. Bueno, ya se, no es una frase reveladora, la fracción más romántica y rebelde de la humanidad viene repitiendo esto desde que les enchufaron el primer reloj en la plaza pública, pero no escribí esta nota con intenciones reveladoras, o sí.

Encuentro en Madrid con mi prima Paola

VIAJAR SOLA ES SÓLO UN TÍTULO, una descripción breve e incompleta de un acto que se parece muy poco a recorrer lugares en soledad. Nunca me hice tantos amigues como cuando armé la mochila y reserve cuarto compartido, nunca charle tanto conmigo como cuando comía pizza y tomaba cerveza, en algún lugar entre una estación de metro de Berlín y el frío que hacía afuera.

Con el paso de los destinos, la costumbre de salir a lo desconocido se transformó en el momento del año que más esperaba. Después de haber recorrido sola Europa dos meses, me fui a Sudáfrica.

Me acuerdo la cara de mis viejos en la cena, cuando les mostré el recibo del pasaje. Mi papá me dijo “Johannesburgo es la ciudad más peligrosa del mundo” y se atragantó con una milanesa, mientras mi vieja se servía más vino. Aunque la parte del vino no es necesariamente porque se haya asustado.

Googleé formas de transporte y encontré un tren de 27hs que atravesaba todo el país hasta Ciudad del Cabo. Al día de hoy, no recuerdo un viaje en tren tan increíble como ese. 

Volví a Buenos Aires descontrolada, presa en la oficina como león enjaulado y busqué pasajes en un continente más lejos todavía.

Le mandé 12 cuotas y al año siguiente conocí Asia en un recorrido por Hong Kong, Tailandia, e Indonesia.

Esta vez me fui con una mochila casi vacía y estuve de festejo tres días antes de volar. Ya estaba canchera y vivía la previa como una celebración.

En los viajes me pasó de todo. Viajar sola atrae la aventura. Conocí gente maravillosa, flashé amor, me robaron una billetera, me escabié hasta perder vuelos, tuve sexo con gente sin saber el nombre, comí cosas sin saber qué eran, me encontré con latinos de muchas partes y me aburrí con gringos de otras tantas. 

Creo que, no hay nada más rebelde y feminista que vivir en libertad. Y no hace falta viajar pocos o muchos kilómetros para eso, basta con despertarse y ponerse una pollera corta si tenés ganas, no usar corpiño si así te place, estudiar mecánica si te hace feliz, decidir por vos misma todos los días.

Si tu deseo es viajar, adelante entonces. Ser mujer no es un limitante, sino una ventaja.

Ya sabemos cómo es vivir difícil, el mundo es nuestro porque quisieron lo contrario, y la prohibición, es también el motor del descubrimiento. Somos valientes porque somos mujeres y somos mujeres porque somos valientes. El camino es el viaje.


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