Gira x Europa

El desafío de llegar a Rusia por tierra

Viajar a Rusia era una de las grandes metas de nuestra Vueltalmun. Largos meses previos, mientras viajábamos por otros países, la fantasía rusa sobrevolaba nuestra existencia. Desde que salimos de Buenos Aires no paramos de pensar e imaginar ese momento, en el que estos dos mochileros pisaban las gélidas tierras que gastaron el Comunismo.

El viaje a Rusia ocupaba muchas horas de nuestras conversaciones. Cómo haremos para llegar, estaremos  preparados física y mentalmente, cómo nos encontraremos después de tantos meses de vida nómade, tendremos suficiente abrigo para enfrentar el invierno.

Nuestra aproximación al enorme país del norte fue de a poco.  Primero visitamos algunos países de Europa que tienen gran influencia soviética como Albania, Macedonia, Bulgaria, Hungría, República Checa y Polonia (podés ver los videos acá). Allí la cultura rusa puede percibirse, aunque amalgamada por cada historia local. Luego visitamos la trilogía báltica de Lituania, Letonia y Estonia(video). Y desde la capital de este último país, Tallinn, finalmente hicimos el cruce a San Petersburgo.

No vamos a olvidarnos de aquella fría mañana de octubre en la que fuimos a comprar el ticket de bus, y al tenerlo en nuestras manos nos quedamos helados. Hubo un minuto de silencio. Nos miramos a los ojos y al unísono dijimos: “Qué nos vengan a buscar a Rusia”, frase que en chiste decíamos cada vez que queríamos mandar a la mierda algo o a alguien. El humor también funciona como conductor de pensamientos en la conocida Ley de Atracción.

¿Qué se necesita para entrar a Rusia?

Ademas del pasaporte, es necesario tener una visa. Sin embargo, hay algunos países que están exentos de este requisito. Desde 2009, Argentina forma parte de esa lista de países que no precisan tener visa para entrar a Rusia. Fue entonces que desenfundamos el bellísimo pasaporte azul. La envidia de cualquier estonio, que a pesar de ser vecinos de los rusos, ellos sí necesitan tener visa. Cosas ridículas de este mundo al que le sobran conflictos.

Mucho habíamos leído sobre el cruce de fronteras, la imposibilidad de comunicarse debido a que los rusos no hablan inglés, mucho menos español, y nosotros tampoco sabemos ruso. Por otra parte, debido a las diferencias diplomáticas entre Rusia y Estonia el cruce por tierra podía ser más complicado que cualquier otro. El miedo a que nos interroguen y no poder comunicarnos estaba presente.

Al llegar a la ventanilla de migraciones, saludamos al oficial con un amigable “Privet”, que en ruso quiere decir “Hola”. El hombre, de rasgos duros y sombrero de piel como en las películas, nos devolvió una mueca que interpretamos como un gesto de simpatía. Examinó con detenimiento nuestros pasaportes, chequeó en su computadora y finalmente nos imprimió la hoja de ingreso, que hay que conservarla hasta el final de la estadía. No hubo ningún problema, ni tampoco preguntas incómodas. Todo bien!

El bus continuó su recorrido y completó las 7 horas de viaje hasta San Petersburgo. Llegamos de noche y ver la ciudad delicadamente iluminada de pies a cabeza, nos enamoró. Nunca imaginamos que San Petersburgo iba a deslumbrarnos tanto. Una ciudad de proporciones inimaginables y llenísima de gente.

Fuimos hasta la estación de metro más cercana, pero había tanta gente que no nos sentimos cómodos para movernos con las mochilas y decidimos ir caminando hasta nuestro hospedaje. Cabe destacar que además los carteles de indicaciones están, en su mayoría, todos en ruso. Entender algo es cosa complicada.

¿Qué ver en San Petersburgo?

Nuestro primer recorrido abarcó gran parte del centro histórico, visitamos a pie la plaza principal, con el imponente palacio de verano y el famoso museo estatal Hermitage. Recorrimos la extensa avenida Nevsky, donde están los comercios y las cúpulas más bonitas. Hay muchas cafeterías hermosas para entrar y dejarse sorprender. Luego fuimos hasta la célebre iglesia ortodoxa Sangre Derramada, a la fortaleza de Pedro y Pablo y al hermoso puente que cruza el río Nevá.

La arquitectura de toda la ciudad es impresionante. Además de grandes avenidas, San Petersburgo también tiene canales donde se ofrecen paseos en barco y algunas una playas que, si el tiempo acompaña, son ideales para ir a desconectarse un rato. Perderse por las infinitas calles de San Petersburgo es sin dudas un excelente plan.

Descubrimos que se come mucha sopa, más de lo que creíamos, y aprendimos a encariñarnos con ese plato tan básico como fundamental para combatir al frío. Aprendimos a abrigarnos, porque es casi imposible en otoño/invierno salir a la calle sin estar debidamente arropado, y echamos por tierra cualquier prejuicio infundado sobre la amabilidad de los rusos.

Lo mejor de esta primera impresión fue que nos dimos cuenta que lo poco que conocíamos de Rusia había sido contado bajo la perspectiva de quienes viven en la vereda de enfrente, y cruzar esa gran avenida nos permitió comenzar a disfrutar de una cultura tan distinta como interesante.

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