Cuentos millennials

Gritos bajo el agua

El agua entró a borbotones. Cerré puertas y ventanas y el agua entró igual, ignorante de las toallas que coloqué sobre los marcos para contenerla. No rompió cristales ni arrastró la casa con ella, simplemente la invadió. Sin permiso, sin aviso y sin retorno. El agua ocupó el espacio de una sola ola, no la vimos crecer dentro, antes de poder medirla, estábamos viviendo en ella. 

Ausente de fuerza alguna que me sujete a la tierra, avance hacia aquel teléfono que olvidé existía, y mientras mi pelo danzaba al son del tiempo laxo, marqué los números del camino conocido. Abrí la boca para responder la voz al otro lado del tubo y entendí que respiraba aún sumergida. Constate que me respondían también desde las profundidades de un hogar inundado y me dispuse a redescubrir mi cuerpo flotante. El peso de mis manos era ahora más ligero y podía girar hasta tocar el piso con mi cabeza, aunque cuánto más abajo me sumergía, mayor era la presión que sentía.

El reloj continuó su ritmo inexorable, pero el tiempo transcurría lento y falto de aire. Quise entonces abrir las ventanas, revertir todas las precauciones que le impuse al agua antes de que todo lo ocupara, tiré de la puerta, pero mis brazos eran débiles. Grité auxilio y golpee la pared con el vecino sin que ningún sonido emerja de mi garganta. Traté de romper los vidrios. La nada. Estaba encerrada.

Afuera, del otro lado de mi casa, los pájaros aún volaban, los arboles florecían, el sol salía cada mañana. Me acostumbré al encierro, al tedio del tiempo sin estar atado al suelo, al silencio del aislamiento. A veces llegaban ecos lejanos, alaridos ahogados de libertad desde el mundo viejo, antes del agua, antes de flotar en la lentitud de los días. Escuchaba patrullas, vigilantes del espacio que antes compartíamos y ahora nos era prohibido. Lo lograron, pensé, nos incomunicaron.

Floté y choqué entre las paredes de mi casa, marqué secuencias desconocidas en el teléfono de línea, escuché gemidos de terror, susurros sobre un enemigo invisible y letal, avisos sobre tomar distancia, y mantenerse siempre bajo el agua, que todo lo limpia, que todo lo suaviza, que todo lo ignora.

Quería salir. Quería romper los cristales, crear la fuga, el pequeño resquicio que permite la entrada de aire y la salida del agua. Quería fluir hacia afuera. Quería la revolución. La unión hace la fuerza, pensé. No hay unión que nos encuentre aislados. Grité, con todas mis ganas, lo mas agudo que pude, junto a la ventana cerrada, grité. El cristal cedió, grité más. Como las venas transportan vida, el sonido transportó su huella en el vidrio, y el grito caló profundo en su camino, grité y gritamos, podía escuchar a los vecinos, gritamos, las ventanas crujían, gritamos, nos desahogamos, y la ciudad ensordecía, y una ola de agua furiosa barrió las calles y las patrullas, y el aire volvió a nuestros pulmones, y nos encontramos de nuevo, hermanos, como siempre, como nunca. Juntos, afuera. La unión hace la fuerza, juntos, afuera.

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