Cuentos millennials

Literatura viajera: Un almacén en Bulgaria

Abrieron un almacén nuevo en el barrio. Vende cerveza en botella de plástico, repollo cortadito y embasado, carne de cordero en tiras y no entiendo los carteles de ofertas. Abre cerca de las 11hs de la mañana, los vecinos dicen entre ellos que es porque no se acostumbró al horario.

El almacén está exactamente a cuatro casas, vuelta a la esquina hasta la puerta amarilla, un edificio, dos duplex que de no ser dos serían otra cosa, y una reja de distancia. Podría pasar por la puerta todos los días, pero prefiero ser prudente y observarlo desde lejos, aunque eso me obligue a cruzar tres veces más para llegar a casa. En ese almacén pasan cosas. Escuché a los vecinos decir que ahí entienden todo al revés. Empiezo a creer que, en realidad, está embrujado.

Me gustan mucho los Domingos, es el único día que compro el diario, me despierto tarde y tomo café con un tercio de leche, endulzado levemente con media cucharada de azúcar morena, servida de la cucharita que me regaló la tía Hermilda traída de Toledo, acompañado por cuatro galletas de cereal absolutamente cubiertas por queso untable. Me gusta repasar las cantidades exactas de los componentes necesarios para asegurarme de que el Domingo será un día genial.

Abro los ojos, me desperezo, son las 11hs en punto. Abro ahora la heladera, busco la leche. Busco la leche. ¿Dónde está la leche? Miro el almanaque. ¿Por qué no llegó el diario? Es Lunes. ¿Dónde está la leche? Es feriado, me quedé sin leche. Estoy temblando. ¿Será que el fin del mundo sucederá ahora? ¿Voy a morirme? Paren todo, ¿Estoy vivo? ¿Cómo pasó el Domingo sin que lo haya siquiera sentido en el cuerpo?

Agarro el sobretodo que uso los Jueves y me lo tiro encima ¿Qué más da el orden de los factores si el orden del universo está a punto de sucumbir sobre mis hombros? Bajo por las escaleras, no hay tiempo de usar el ascensor, salteo el saludo a la vieja escultura romana de yeso que adorna el hall del edificio y siento un calor alarmante recibirme en la intemperie callejera. Pero si estamos en Agosto, debería estar helando. Madre mía desaté el apocalipsis. Estoy aturdido, descerebrado, si consigo rápido la leche, si leo el diario, si después de tomar el café plancho la camisa para el Martes, será como haber condensado dos días en uno y el mundo volverá a ser un lugar habitable.

Camino siguiendo la calle, el instinto de supervivencia me guía. Una puerta amarilla, un edificio, estoy apurado, no puedo contar,  un ventanal, una góndola, ¡una heladera! Acá venden leche. Entro.¿Qué es esa letra? ¿Dónde estoy? Crucé de dimensión. Sucedió. Me morí.

Zdravei – Creo que estoy escuchando voces.

Zdravei señor, mi nombre es Dessislava. Tengo en oferta los 100gr de paleta, fresquita, bien rica.

Madre mía bis, estoy en el almacén de la Búlgara. Siento el corazón latir más allá de sus posibilidades, voy a sucumbir en tierra extranjera. La observo, en silencio. No estoy muerto, estoy hipnotizado. Dessislava tiene la mirada más profunda y penetrante que vi jamás, marcada por una nariz angulosa que termina en una boca fina, pequeña, tiesa. De alguna manera, el frío que transmite su apariencia me tranquiliza. El almacén es ahora un paraíso con carteles que sigo sin entender, pero que quiero leer para siempre. Estoy transpirando.

Qué clima loco en su país. En Sofía cuando hace frío, nieva y es invierno. El calor espera al verano, znaete?

Ya no hay respeto por nada – respondo por inercia. Trato de reponerme. Leí una vez que el amor es como un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Y siento la electricidad recorrerme el cuerpo, atravesarme las venas e inundarme la sangre. Son increíbles las consecuencias de haberme salteado el Domingo. 

Leche – Logro balbucear, como un espasmo, como el primer llanto de un recién nacido, para confirmar que aún respiro.

Da – Dice la búlgara mientras mueve la cabeza de un lado a otro, en lo que entiendo como un claro gesto de negación y va hacia la heladera. Decodifico el rechazo y ordeno a las piernas el retiro, sin éxito alguno. La veo aparecer con el cartón en la mano, lo deja sobre el mostrador y me doy cuenta, en ese instante, que me olvidé la billetera.

¿Me fía la leche Dessislava? – La búlgara no pestañea. Balbucea en su idioma y mueve la cabeza de arriba hacia abajo, en lo que entiendo como un sí. Intento agarrar el cartón que me salvará a mí y a la humanidad del segundo Big Bang y Dessislava agarra la leche en simultáneo.

Ne – Sigue moviendo la cabeza en lo que me parece un sí. Esta mujer me está volviendo loco.

Escucheme. Me tomo un cafecito, leo el diario, plancho la camisa de los Martes, salvo al mundo y le traigo lo que le debo – Asiente con la cabeza y vuelvo a estirarme para agarrar la leche.

No fiamos en Bulgaria y se encuentra usted en territorio internacional.  Como bien dice en la puerta, acá el sí es no, y el no es sí – Su postura ahora se relaja y su boca se ríe en un gesto cómplice.- Pero si me acepta un goulash quedamos a mano y le regalo la leche.

Le digo que si con la cabeza y veo a Desisslava dejar de sonreír. Recuerdo a los vecinos y entonces empiezo a mover la cabeza de izquierda a derecha a un ritmo desenfrenado. La búlgara vuelve a sonreír y me invita a pasar al fondo. Acepto diciendo que no. Caigo en la cuenta de que, efectivamente, el mundo  como lo conocía, cambió

 

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